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Ilustraciones por Denis Lajuper

Cuando tenía cuatro años, mis padres se rieron de mí porque les dije que los niños se sacaban por una cremallera que le salía a la madre en la tripa. Me explicaron la verdad. Aún así, la idea de un bebé saliendo por el coño aún me resulta algo absolutamente marciano y físicamente imposible, y creo que a la mayoría de la gente que no lo ha experimentado también. Quizás es porque los partos suceden tras los muros infranqueables de las blancas instituciones hospitalarias, camuflados por tecnicismos y farmacología.

Casi todos sabemos qué significa ‘epidural’, pero, a no ser que vayas a parir próximamente, nunca llegas al fondo del significado de ‘episiotomía’, ‘rotura de bolsa’ o ‘maniobra de Kristeller’. Es decir, que poseemos un conocimiento pleno de las drogas y los subterfugios para enfrentarse al parto, sabemos algo de la parte médico-farmacológica, pero no tenemos ni idea de cómo es un nacimiento propiamente dicho. En los últimos tiempos escuché unos cuantos testimonios de conocidas que se sorprendieron al ver que, al empujar durante el parto, se cagaban encima, sin saber que es lo más normal. A la amiga de una amiga le pusieron oxitocina mientras ella gritaba “¿Pero qué es eso? ¿Qué es?”. Nadie se lo explicó; lo comprendió ella misma cuando a los minutos comenzó a tener unas contracciones salvajes que la partían por la mitad.

La mayoría de la gente nunca ha visto un parto, porque suceden tras los muros infranqueables de las blancas instituciones hospitalarias, camuflados por tecnicismos y farmacología.

Rosa, la comadrona del parto al que asistí, coincidía conmigo: “El parto siempre ha sido doloroso, una experiencia fuerte. Pero en nuestros tiempos las mujeres se han vuelto malas paridoras, animalillos asustados que se entregan al médico como si fueran a someterse a una operación. La diferencia con nuestras antepasadas es que ellas, antes de parir, sí habían visto partos. ¿Cómo es posible que sepamos bajar un vídeo de internet, pero no tengamos ni idea del proceso que nos trajo hasta aquí? Todas las mujeres deberían parir habiendo visto partos previamente”.

Esto mismo fue lo que le conté a Sanne hace dos semanas, cuando la conocí a través de unos amigos comunes y me dijo que iba a parir en casa. Insistió en todo momento en la importancia de un ambiente íntimo, así que me callé como pude mis tremendísimas ganas de ver ese milagro con mis propios ojos y poder escribirlo y contarlo. No debí de disimular muy bien, porque a los pocos días recibí un mensaje que decía: “Lo hemos hablado y queremos que estés en el parto. Es importante dar a conocer la verdad de estas experiencias. Besos, Sanne y Carlos”. Esa misma noche hablamos para establecer las condiciones: en todo momento me mantendría alejada, sólo observando, sin intervenir de ninguna manera en la situación. Podría estar en la cocina, contigua al salón, y observar desde allí. Al cabo de semana y media, Carlos me llamó para anunciarme que Sanne había roto aguas.

La casa de Sanne y Carlos está en la montaña, en un valle cercano al que yo vivo. A la casa se llega por un camino flanqueado por chopos que parte desde la carretera. Ya desde allí se oye el movimiento de la casa. Es un cortijo rehabilitado, precioso, con gallinas que picotean alrededor, y un perro que me ladra. Carlos sale a recibirme a la puerta, sonriente, un poco nervioso. La comadrona ya está allí. Aunque hace poco que han empezado las contracciones, el salón ya es un campo de batalla: hay cojines, toallas y mantas por todos sitios. Sanne camina de un lado a otro de la casa con un camisón largo. Me saluda distraídamente, un poco ausente. En un sofá, como ajena a todo el jaleo, está Alba, jugando con unos cochecitos de madera. Saludo a todos tímidamente y me siento en la cocina, separada del salón por una cortina casi transparente que deja ver todo lo que sucede al otro lado.

Aún falta tiempo, y Carlos se sienta conmigo mientras prepara una merienda para todos. Me cuenta que el primer parto de Sanne fue un mala experiencia. Como es holandesa, y en su país los partos en hospital son más naturales y respetuosos, se dio de bruces con la cara más salvaje del sistema obstétrico español: absolutamente medicalizado, anulador de la madre, propenso a recurrir a las cesáreas, y, en resumen, a volver artificial cualquier proceso natural. Sanne sintió que le habían robado su parto, porque, sedada como estaba, casi no recuerda el momento en el que nació Alba. Por eso, este parto quiso vivirlo en casa, de forma consciente, con una intensa preparación previa. Oímos un gemido en el salón, y Carlos se levanta. Rosa, la comadrona, le da un masaje en los riñones a Sanne.

Carlos mide el tiempo que hay entre una contracción y otra. Rosa se limpia las manos y mete una mano bajo el camisón de Sanne para medir la dilatación. Cuatro centímetros. Aún hay bastante tiempo entre contracción y contracción, y toda la familia, más la comadrona, se sienta a merendar conmigo en la cocina. Sanne me dice que el dolor es más intenso que en su parto anterior (Rosa comenta que a veces los segundos partos suelen ir más rápido, pero el dolor se concentra en menos tiempo), pero que en casa y pudiendo moverse lo lleva mucho mejor. Cuando estamos terminando, se levanta de golpe y se apoya en un mueble de la cocina. Cierra los ojos, respira muy fuerte y se queja. Rosa la ayuda a llegar al salón. Carlos tranquiliza a su hija Alba, que mira a su madre asustada. -¡Ocho centímetros de dilatación! -grita Rosa desde el salón. Carlos se reúne con ellas, llevando a Alba en brazos.

En las siguientes tres horas, todo es muy caótico: cuando llegan las contracciones, todo son gritos, llantos y sudores. Sanne dice cosas inconexas, dice “joder”, “mierda”, dice cosas incomprensibles que supongo que serán tacos en holandés, dice que no puede más. Rosa y Carlos la animan. Alba, a pesar de todo el ruido, se ha quedado dormida en el sofá. Sanne se pone a cuatro patas, en cuclillas, camina, pero se le doblan las rodillas de dolor y vuelve al suelo. En la última hora, todo se vuelve mucho más rápido e intenso. Sólo de verlo resulta agotador. Noto que me sudan las manos. Me apoyo en el quicio de la puerta de la cocina, observando un poco más de cerca. Carlos enciende velas y apaga las luces.

En las películas, la parturienta grita y llora, siempre tumbada y con una sabanita que le cubre las partes pudendas. Como mucho, le ponen un sudorcillo facial que le moja algunos mechones de pelo. En la realidad, un parto es mil veces más pringoso y obsceno. Hay sudor a litros, hay unos gritos guturales que parecen cánticos de alguna tribu desconocida, hay sangre, hay caca e insultos.

Rosa dice: “Ahora hay que empezar a empujar más fuerte, ¿vale, Sanne? Estás en dilatación completa”. Sanne dice que le duele mucho el culo y se echa a reír, aunque una nueva contracción le corta la risa. Está a cuatro patas, y se ve el perineo, abombado, como si algo lo empujara desde dentro. Imagino que es la cabeza del bebé, pero me parece algo absolutamente alienígena. Sanne empieza a rugir y a balancearse para un lado y para otro. Entre medias grita que no puede, que no puede, que no puede. Carlos y Rosa la animan, pero ella parece perdida en el dolor. Se tumba de lado y parece que se queda dormida. Carlos mira alarmado a Rosa, que le hace un gesto de que es normal. Rosa me pide un vaso de agua y, por primera vez, me acerco con cautela hasta la misma escena del parto para llevárselo. Sanne vuelve a la carga. La sensación, por la tensión y los gritos, es la de que algo terrible está sucediendo, pero Rosa todo el tiempo dice que está yendo fenomenal, que va muy rápido.

De pronto, Sanne pide una silla a gritos. Carlos se la trae. Ella, en cuclillas, coloca los brazos sobre la silla y empuja muy fuerte, con la cara morada. La silla parece a punto de volcarse. Rosa me hace el gesto de que la sujete. Me acerco aterrada y lo hago. Sanne lanza un grito desgarrador y se oye un ruido de agua. “Se ha roto la bolsa -dice Rosa mientras toca el líquido que ha caído- El líquido es claro, está todo perfecto, ¿me oyes, Sanne?”. Sanne lanza sonidos animales con los ojos cerrados. Está ausente, como en otro planeta. Dice cosas en holandés y suelta un rugido. Desde arriba, sujetando la silla, veo asomar la cabeza del bebé. El cuerpecillo se desliza fuera y cae en las manos de Rosa. Está cubierto de una especie de mantequilla blanca. Sanne se deja caer de lado, y Rosa le da el bebé. Es una niña. En realidad parece un diminuto anciano de color morado, que en cuestión de minutos cambia y se transforma en un monito rosado con ojos completamente negros, muy abiertos. Sanne llora y se ríe. Carlos, llorando también, despierta a Alba, que se acerca medio dormida a conocer a su hermana. El cordón umbilical es azulado y late, late muy fuerte, hasta que de pronto pierde vida, se arruga, y lo cortan. Al rato, Rosa indica que ahora hay que echar la placenta, que sale limpiamente. La placenta, que yo imaginaba como algo semitransparente, es una maraña monstruosa de venas rojas, azules y moradas que se entrecruzan.

Toda esta última parte sucede en un ambiente de encantamiento; no sabría decir si pasan quince minutos o una hora. Cuando termina, Sanne está tumbada en la cama, tapada y con el bebé enganchado a la teta, y Alba se ha vuelto a dormir pegada a su madre y a su nueva hermana. Carlos está tumbado en unos cojines tirados junto a la cama. Son las dos de la mañana. Han sido ocho horas de parto. Sólo de estar como observadora, siento la tensión acumulada en el cuerpo. Rosa y yo nos quedamos solas en el salón. Ella me mira y sonríe, agotada. Sin poderme contener, avergonzadísima y sin saber muy bien por qué, siento la emoción contenida explotándome dentro y me echo a llorar. Rosa me abraza riéndose, y me dice: “Ay, tú no sabías cómo era esto, ¿verdad?”. La verdad es que pensaba que sí, pero no. No tenía ni idea de cómo era. La sensación final es algo así como la de haber visto la película de Alien diez veces seguidas, pero tener el corazón esponjado de una ternura hormonal desatada.

Mientras vuelvo a casa, pienso que, al igual que se pide que el aspecto de las Barbies vaya más acorde con el aspecto real de una mujer, los spots de los anuncios de compresas deberían enseñar sangre y coágulos, la publicidad de condones tendría que mostrar el semen llenándolos, y los partos de las películas deberían incluir los mugidos de dolor, la sangre, la caca, los recién nacidos amoratados recubiertos de grasa blanca y las placentas monstruosas. Así, desaparecería el miedo a lo desconocido, y aprenderíamos que todo eso que se nos oculta y que tanto rechazo provoca, es en realidad la verdadera belleza.

Por: Sabina Urraca

Fuente: http://www.vice.com/es/read/asi-es-ver-un-parto-en-casa-001

Foto portada: elrincondemixka.com

Sudor, gritos, sangre y caca: así es un parto en casa

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