simon_1fcc89Simon Estes, bajo-barítono, nieto de esclavos

Cumplo 78 años. Nací en Centerville, Iowa, viví muchos años en Zurich y ahora soy catedrático en la Universidad de Iowa. Casado, tengo tres hijas. Todos deberíamos aprender a vivir juntos con amor, paz y compasión. Hay que tener el valor de perdonar. Hoy vivo para servir a Dios y a los niños

Saludable bondad

Cuando habla su voz te retumba en el estómago, es alto y esbelto como un pino y la ciencia debería estudiar su genética, porque les aseguro que la edad biológica de este grande de la lírica no va más allá de los 65 años. Se ve que ser buena persona le sienta de maravilla. Sigue en activo y donando la mitad de lo que gana para que jóvenes sin recursos estudien una carrera desde que en 1985 creó el Simon Estes International Foundation for Children, y este año se ha propuesto salvar la vida de millones de niños africanos que mueren como moscas debido a la malaria y se ha comprometido a ofrecer conciertos benéficos por todo el mundo. Ha participado como jurado en el 53 Concurso Internacional de Cant Tenor Viñas.

Su abuelo era esclavo.

Lo vendieron por 500 dólares. Mis tres hermanas y yo nacimos en una casita de cuatro metros cuadrados, sin electricidad ni agua ni lavabo.

¿Padre analfabeto?

Sí, trabajaba en una mina de carbón. Y yo a los 11 años ya era limpiabotas.Tuve que fregar lavabos, suelos y ventanas para pagarme la universidad. A menudo no tenía suficiente dinero para comer, pero nunca le dije a nadie que tenía hambre.

Arreciaba la discriminación en EE.UU.

No se nos permitía ir a las piscinas en las que nadaban los blancos, ni sentarnos en la platea en el cine, y no había justicia para nosotros. Pero mi madre decía que debía rezar por las personas que me discriminaban.

A veces hay que rebelarse y no solo rezar.

A mi padre lo ingresamos por un fuerte dolor en el abdomen pero el médico diagnosticó problemas de corazón. Cuando pedí consultar con un cardiólogo se enfadó muchísimo: “¿Dónde ha aprendido usted esa palabra? Su padre es un viejo y va a morirse de todos modos”. Al día siguiente murió tras grandes sufrimientos y la autopsia reveló que lo mató una apendicitis.

¡Qué rabia!

“No odies a este médico por lo que le ha hecho a tu padre, reza por él –me dijo mi madre–. Nunca odies a quien te daña, porque si la amargura logra instalarse en tu corazón, enfermarás”. Me resultó muy difícil pero la obedecí.

Denunciar no es odiar.

Era el año 1961, ni se me pasó por la cabeza. Sobrevivir nos ocupaba la vida. Pero aunque fuéramos pobres siempre fuimos felices. En casa teníamos un viejo piano que mi madre tocaba.

¿Qué decidió estudiar?

Psicología, hasta que un profesor me oyó cantar en el coro y me dijo que tenía voz de cantante de ópera. Yo no había oído una ópera en mi vida y me prestó unos discos. “Señor Kellis, esta cosa me gusta”, le dije al día siguiente, y acabé en una escuela de música en Nueva York. En 1965 empezó mi carrera en la ópera de Berlín.

¿Aprendieron a valorarle en EE.UU.?

Vivía en Nueva York, había actuado en Berlín, París, Viena, Londres, Madrid… Recuerdo que de nuevo llamé a mi madre llorando: “Madre, no me dejan cantar en las óperas de mi propio país”. Y mi madre volvió a repetirme: “Pues arrodíllate y reza por esas personas. Nunca te conviertas en una persona amarga, sigue siendo humilde y acabarás triunfando”. Obedecí.

Y cantó en la Metropolitan Opera.

Sí, en todas las operas de EE.UU. Pero el único país que me pagó lo mismo que a mis compañeros fue España.

¿Y sus compañeros no señalaban esa discriminación?

No, he cantado con Pavarotti y Plácido Domingo compartiendo protagonismo y ellos cobraban muchísimo más que yo. Pero Placido siempre me invitó a cantar y me pagaba un poco más de lo habitual.

La suya es una historia increíble.

He cantado 102 papeles diferentes con 115 orquesta del mundo en 84 teatros líricos distintos de todos los continentes salvo en la Antártida.

Se negó a cantar en Sudáfrica.

A causa del apartheid. Entonces me ofrecieron una enorme suma de dinero y les dije que cantaría si la mitad del público eran negros y me concedían una entrevista televisada con el presidente Botha.

Es usted un hombre de principios, qué gusto.

Los principios son mucho más importantes que el dinero. Cuando Mandela subió al poder fui el primer negro que cantó allí en la ópera.

Ha cantado usted para reyes, seis presidentes norteamericanos y varios Nobel…

Cuando pienso en mi pasado no puedo créemelo, y todo gracias a que mi padre y mi madre me enseñaron a amar, a ser fuerte, a ser honrado y seguir siendo siempre humilde.

Parece que el racismo está reviviendo.

Hoy ya no te linchan ni te cuelgan, pero los negros, entre otras injusticias, seguimos cobrando menos que los blancos como ocurre con las mujeres. La manera de luchar contra eso es a través de la educación: cuando las personas se forman saben comunicarse y cómo luchar para defender sus derechos, por eso siempre he donado la mitad de mis ingresos para que jóvenes sin recursos puedan ir a la universidad.

¿Sufrió discriminación en la universidad?

En el instituto era el único negro de mi clase. Un día mis amigos blancos me propusieron ir al cine con ellos. Entramos y yo me fui directo arriba, junto a los lavabos, que es donde se sentaban los negros, pero mis amigos insistieron en que fuera con ellos. Entonces el director me chilló. “¿Dónde te crees que vas?”, y mis amigos, niños ricos de Centerville, le dijeron que o callaba o harían que lo despidieran.

¿Los jóvenes tienen menos prejuicios?

Sí. A partir de entonces mis amigos negros también se sentaron abajo.

¿Qué ha entendido del ser humano?

El amor es la mayor fuerza que tenemos, pero le sigue el odio muy de cerca. El ser humano nunca ha vivido en paz. Nos enfrascamos en guerras y sólo cuando ya hay miles de muertos los líderes se sientan a negociar.

Absurdo, sí.

Al final todo tiene que ver con el control y la posición de fuerza. Los líderes envían a la gente a morir mientras ellos se quedan en sus despachos. Solo el amor puede acabar con eso.

fuente http://www.lavanguardia.com/

fotos www.usatoday.com hardinarts.com

“Si la amargura logra instalarse en tu corazón, enfermarás”

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