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Tras muchos años, volví a la casa en la que había crecido; el hogar que mi bisabuelo –o tal vez fue su padre– levantó piedra a piedra, y en el que habían convivido varias generaciones de antecesores.

Me senté en la escalera que conducía al segundo piso y, por primera vez, me di cuenta del gran peso que sentía en el pecho. Mi mirada ya no era la de una niña; regresaba tras muchos años, y ahora veía la casa desde otro lugar interno, desde otra mirada: la mirada de quien se ha marchado, se ha incluso desmarcado de su sistema familiar, y vuelve cargada de las experiencias y aprendizajes de su propio camino de vida. Y sin embargo, un hilo invisible seguía existiendo entre lo que aquellas paredes rezumaban y yo; un hilo que, intuía, me vincularía por y para siempre al clan que se remontaba al origen de los tiempos.

Me fue embargando una tristeza más y más profunda, tan profunda que parecía ancestral, como si me trascendiera y al mismo tiempo atravesara. Casi sin darme cuenta, un llanto silencioso brotó de lo más hondo del pecho. ¿Por qué lloraba? En realidad lloraba por mí, por lo que un día me apartó de ese lugar, al tiempo que me otorgó la posibilidad de vivirme más libre… Por lo que callaban esas paredes; por lo nunca dicho por aquellos ancestros que vivieron y murieron llevándose consigo secretos impronunciables; por aquellos que fueron amados y también por los que fueron excluidos; por haber visto sufrir a mis abuelos y haberme sentido culpable por ello, sin permitirme llorar mi propia pérdida; por el regalo de haber podido trascender mandatos inconscientes…. Y a medida que brotaban las lágrimas, mi corazón se iba aligerando más y más. Sentía que mis ancestros tenían un lugar en mi corazón, y que se abría ante mí mi propio destino. Un destino que sentía más mío que nunca, y al que internamente decía un gran SÍ.

 

Este es un trozo de mi propia historia, una historia íntima y de trasfondo sistémico que bien podría ser la de cualquier otra persona. Tal vez la mayoría hemos tenido la vivencia de volver un día al hogar en el que crecimos, nos hemos sentado en uno de sus rincones y hemos observado todo como por vez primera, tomando consciencia de algo no tangible que, sin embargo, intuimos que siempre estuvo allí. Con ‘no tangible’ me refiero a la historia ancestral que fue tejida por cada uno de los miembros del clan o sistema familiar, y que sigue tejiéndose con y a través de nosotros. Un tejido que no tiene principio ni fin, y que tomamos en el momento de nacer, sin posibilidad de rechazarlo por muy lejos que viajemos, por muy bien o muy mal que nos llevemos con la familia, por mucho o poco que creamos en los lazos invisibles que nos unen a todos y cada uno de los miembros del sistema.

Volver a las raíces para desplegar las alas

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En el camino de la maduración y del autodescubrimiento ­–es decir, en el camino de la vida misma–, sucede que en un momento dado un@ mira hacia sus raíces y trata de comprender un poco más acerca de ese particular puzzle del que forma parte. Se trata de un proceso a través del que, aún sin saberlo o nombrarlo explícitamente, desplegamos la mirada sistémica –esa mirada que nos lleva a revisar la historia familiar, los sucesos relevantes que han ocurrido en el seno de la misma, las vidas de nuestros antecesores…–, y poco a poco vamos tomando consciencia del legado recibido: una “cofre familiar” que contiene aspectos luminosos, y otros no tan luminosos.

Este despliegue de la mirada sistémica es de gran importancia, porque conlleva, de alguna forma, la vuelta a las raíces. No siempre se trata de una vuelta física o literal, sino más bien de un profundo proceso en el que el alma pareciera replegarse durante un tiempo para volver a recordar su origen. Y cuando esto sucede – cada uno sabe qué momento es este –, se siente la fuerza de la vida empujando hacia delante, momento que indica que ya es hora de tomar el metafórico cofre heredado de nuestro sistema familiar, de hacer un alto en el camino para abrirlo y ver de cerca qué contiene… Tras esta pausa, sentiremos que podemos desplegar con fuerza nuestras alas para volar lejos del nido, en dirección hacia nuestro destino.

¿Qué ocurre cuando abrimos el cofre sistémico?

descarga (4)“Abrir el cofre” significa reconocer tanto la parte luminosa que hemos heredado de nuestro sistema familiar, como la sombría; significa poder nombrar las cosas tal y como son y decir “sí” a lo recibido, porque en realidad no puede ser de otra forma: el cofre lo recibimos al nacer, y no cabe la posibilidad de devolverlo hacia atrás; contiene lo que contiene, nos guste o no.

La parte luminosa de nuestra herencia sistémica es aquello que sentimos como valioso de lo que nos han transmitido nuestros padres, abuelos, etc.: el afecto y el amor recibidos, los bienes materiales, el conocimiento y valores transmitidos, etc. Pero algo todavía más valioso –tanto que no tiene precio– es la vida. Se trata de un “bien” que nos pertenece por derecho, y con el que podemos “algo”. Tomar consciencia de este legado luminoso nos da fuerza.

Ahora bien, para poder hacer “algo” con nuestra vida y darnos cuenta de que nuestro destino nos pertenece, será necesario recorrer un camino en el que reconozcamos, además, aquella parte sombría del contenido que también viene en el cofre. Se trata de un legado que en muchas ocasiones nos limita, haciendo que repitamos patrones y que nos saboteemos muchos aspectos de nuestra vida.

¿Alguna vez has tenido la sensación de que no eras tú quién vivía tu vida? ¿Has sentido una culpa incomprensible que te impedía avanzar? ¿Te has encontrado con un mismo obstáculo una y otra vez?

Puede ser que todo ello se deba al mencionado legado sombrío de “cofre sistémico”. En tales casos, conviene poder mirar con coraje las “piezas” menos bonitas del cofre, nombrarlas, reconocer que también forman parte de la herencia recibida y decirles SÍ, para poder romper con las cadenas limitantes que tal vez arrastramos desde muy atrás.

La sombra sistémica

En realidad, el “legado sombrío” hace referencia a la sombra sistémica, es decir, todos aquellos aspectos sumergidos, rechazados u ocultos de nuestro sistema familiar. Tiene que ver con nosotros en tanto que como miembros del sistema, al nacer nos vemos inmersos en una consciencia familiar en la que todos los aspectos no resueltos y no “sacados a la luz de la consciencia” pasan de generación en generación… hasta llegar a nosotros.

Como todo lo inconsciente, la sombra sistémica influye en nuestra vida sutilmente sin que nos demos cuenta de ello.

Algunos de los aspectos que conforman la sombra sistémica, son:

  • Las lealtades ocultas o amor ciego: se trata de un sentimiento de deuda y deber con respecto a algún o algunos miembros de nuestra familia. Debido al amor ciego, de pequeños cargamos con responsabilidades o asuntos que no nos incumben. Por ejemplo, cuando un niño ve sufrir a su madre por una situación X, sucede que se alía inconscientemente con ella por lealtad, asumiendo internamente un mandato que viene a decir: “yo lo haré por ti” o “yo no tengo derecho de ser feliz si tú no lo eres”. Estas lealtades se mantienen a lo largo del tiempo, condicionándonos desde la sombra y ocasionando sufrimiento, culpa inconsciente y sabotaje; sentimiento de no merecer la plenitud, la abundancia, la alegría…; enfermedad o incluso deseos de morir. La lealtad inconsciente nos conduce, de alguna forma, a asumir la vida de otra persona, siguiendo su destino en lugar de tomar el propio.

Este amor ciego parte de la incondicionalidad de un niño hacia sus padres, o hacia otros miembros de la familia con los que tiene un estrecho vínculo y de los cuales depende su supervivencia. El amor ciego tiene que ver con la inconsciencia de un niño que todavía ve la vida a través de su mente mágica y que, de alguna forma, cree que puede cargar con el sufrimiento de aquellos a quienes ama, liberándoles así del mismo.

  • Los secretos: en todas las familias hay secretos, y lo cierto es que estos pesan… Pesan tanto que pasan de generación en generación esperando a ser desvelados. Existen todo tipo de secretos: asesinatos, amores y/o hijos no reconocidos, muertes silenciadas por dolor… Cualquier hecho que, por el motivo que sea, resulta impronunciable. Imaginemos por ejemplo a unos padres que pierden a su hijo en un trágico accidente; imaginemos que estos padres, al cabo de unos años, tienen otro hijo al que nunca le hablan de su hermanito fallecido antes de que él naciera. Los padres silencian este hecho por resultar demasiado doloroso, pero esto hace que el hijo perdido pase a ser un secreto y, por tanto, excluido del sistema familiar. Aunque nunca expresen el dolor no gestionado, su hijo tenderá a heredarlo de una forma inconsciente, porque por mucho que lo intentemos, lo silenciado –en este caso el dolor derivado de la pérdida– tiñe nuestro corazón y lo transmitimos a los demás aún sin saberlo. En este caso, ese duelo mantenido en secreto corresponde a los padres, pero el hijo cargará con el mismo hasta sacar el dolor a la luz, y comprender que no le corresponde a él.
  • Las exclusiones: hay sucesos y personas que son excluidas del sistema familiar, ya sea para salvaguardar el honor de la familia, por dolor, por vergüenza, etc. Sin embargo, e independientemente del motivo de la exclusión, la consciencia familiar vela para que los excluidos vuelvan a ser incluidos en el sistema, porque todos tienen el derecho de pertenecer al mismo y, de hecho, pertenecen. Para incluir lo que ha sido excluido, podemos honrar a todos los miembros del sistema, hayan sido “buenos” o “malos”, hayan hecho poco o mucho, los conozcamos o no… Este reconocimiento revierte en una paz profunda desde la que nos reconciliamos en lo más íntimo no sólo con aspectos/miembros de nuestro sistema que nos han sido transmitidos como “no aceptables”, sino con aspectos no integrados de nosotr@s mism@s.

Sucede que cuando queremos devolver a nuestro sistema comprensión y amor, es como si el alma familiar se moviera y favoreciera el que se puedan dar estas comprensiones más profundas que hacen encajar “piezas del puzzle”, aliviando así al sistema completo.

En realidad, la mirada sistémica nos aporta comprensión acerca de determinados aspectos de nuestra vida y personalidad, contribuyendo a la expansión de la autoconsciencia y a la posibilidad de vivirnos con mayor plenitud e integridad.

La confrontación con la sombra sistémica, si bien puede ser una vivencia dolorosa, nos abre un camino hacia la integración y la maduración personal.

… Han pasado varios años desde aquel día en el que me senté en la escalera de mi casa de la infancia y “escuché” las voces ancestrales que brotaban de mi corazón. La mirada sistémica que poco a poco se ha ido desplegando en mí desde aquel entonces, me ha conducido a la comprensión de que el camino que mis antecesores han hecho me ha servido a mí, y los honro por ello. No hay error posible, sino camino y experiencia que, de algún modo, se transmite a través de las generaciones. He comprendido que cada cual tiene por delante un camino, y que es el suyo propio… La consciencia sistémica me lleva a decir sí a mi destino.

http://blog.escuelatranspersonal.com/

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Mi sombra va más allá de mí

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