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Les pido que imaginen que estamos sentados en rueda junto al fuego, y que, para explicarme, dibujo un círculo con un palillo, tomando a la tierra por pizarra. Comienzo desde abajo, y me muevo en el sentido de las agujas del reloj. Arriba, -donde serían las doce-, ubicaríamos la mitad de la vida. Abajo, -donde serían las seis-, situaríamos, entonces, el momento del nacimiento. Y también, (en una vida de ciclo completo), el de la muerte: ambos en el mismo punto. Así representaba Carl Jung lo que llamó proceso de individuación: una travesía profunda que, si la persona la transita, le otorga la posibilidad de que el núcleo de su Sí Mismo (aquello que era aun antes de nacer, aquello que seguirá siendo aun después de morir) comience a ser el eje de la propia existencia, y no, en cambio, las identidades aprendidas, las estructuras que asumimos para ir logrando sobrevivir.
Volvamos a nuestra pizarra de tierra: el primer tramo del círculo, desde su punto de partida, implica el ir diferenciándonos, para luego integrar nuestra propia versión de quienes somos (y no seguir siendo, en cambio, la que las circunstancias “formatearon”). Sí: cuando niños, crecimos acoplados a nuestra familia de origen, absorbiendo sus nutrientes psicológicos para plantarnos ante el mundo. Y muchas personas no pasan de allí: son la continuidad amalgamada de lo que recibieron por herencia de sus ancestros. Pero quien busca dar un paso más allá de lo condicionado por su historia (aun por esa historia que antecede a su nacimiento, latente en quienes le precedieron) va gestando la posibilidad de elegir, de entre lo heredado, lo que sienta acorde a su ser más profundo, y de generar aquellas cualidades que parezcan no haber venido en el “equipo” congénito.
Quien empieza a tomar responsabilidad respecto de sí mismo ya no se conforma con la explicación de “lo heredado” cuando alude a sus limitaciones, falencias personales, rasgos difíciles… Puede que su padres no hayan tenido suficiente ética… pero quizás decida ejercer mayor impecabilidad que ellos; puede que su padre haya carecido de voluntad y su madre no haya sido precisamente tenaz… pero quizás decida implantar en su vida la perseverancia como motor esencial; puede que hasta el último ancestro conocido haya sido distante, desligado, escaso en demostraciones de afecto… pero quizás decida fortalecer los músculos del abrazo porque así lo quiere para sus propios vínculos.
No importa si no lo aprendió, no importa si no “lo mamó”, no importa si durante ese primer tramo del camino tiene que trabajar con ahínco sobre huellas generacionales; sabe que hay un único legado inevitable: el heredarse a sí mismo. Entonces, es consciente de que el que hoy prepara al que será mañana; y si tiene tendencia a enojarse trabajará sobre su irritabilidad; y si experimenta dificultad para poner límites pulirá la maravillosa herramienta llamada “no”; y si ha padecido la opresión de manipulaciones familiares partirá en sus rodillas las agujas de tejer telarañas emocionales, y ejercerá una límpida franqueza en su manera de comunicarse. La herencia que uno genera para sí mismo es la co-herencia.
Hace muchos años, tomando un Seminario de Psicología Budista con un extraordinario holandés (Arnaud Maitland) él nos sugirió que buscáramos en nuestro interior qué dificultades personales estábamos experimentando en nuestra vida presente. “Si se remontan hacia atrás, es muy posible que en la mayoría de esas dificultades encuentren que su origen se deba a que en algún momento del pasado no tomaron responsabilidad acerca de la propia realidad”, dijo. Y, tomando punto por punto, al menos yo vi que, en mi caso, era cierto. Por ignorancia, por negligencia, por estar echándole la culpa al pasado, por estar postergando para el futuro… para la gran mayoría de las dificultades vigentes había habido un punto de partida en mi carencia de comprensión acerca de lo que significaba heredarme a mí misma.
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Podemos mirar dentro, y ver. Ver que, a medida que la vida pasa, tenemos la posibilidad de elegir iluminar herencias penumbrosas, tanto por lo que nuestros ancestros no pudieron resolver como por lo que nosotros mismos no pudimos. No tenemos por qué quedarnos a vivir en la parte oscura del bosque. Autoliberarse es una posibilidad. De hecho, la Psicología necesita ser una disciplina que no se ocupe solamente de las patologías, sino, esencialmente, ser una Psicología de la autoliberación. Para volvernos más livianos respecto de los que nos antecedieron, tomando, inclusive, lo mejor que nos hayan legado. Y para volvernos más livianos, también, respecto del peso que el que somos ha ido cargando sobre el que íbamos a ser. Creo que este poema del Premio Nobel sueco Tomas Tranströmer podría ilustrar perfectamente esto que estoy queriendo decir. Con él los dejo:
Heredé un bosque oscuro al que rara vez voy.
Pero llegará un día en que los muertos y los vivos
cambiarán su lugar.
Entonces se pondrá en movimiento el bosque.
No carecemos de esperanza.
Los delitos más graves siguen sin resolverse,
amén de los esfuerzos de muchos policías.
De la misma manera,
hay en algún lugar de nuestras vidas un amor no resuelto.
Heredé un bosque oscuro, pero hoy ando por otro, luminoso.
Todo lo que está vivo canta, repta, se sacude y se arrastra.
Es primavera. El aire está muy fuerte.
Me dieron el diploma de la universidad del olvido
y estoy con las manos vacías
igual que una camisa colgada en una soga.
(Publicado por la revista Sophia OnLine en abril de 2013.)
© Virginia Gawel

 

fuente:http://virginiagawel.blogspot.com.es/

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Heredarse a sí mismo – Virginia Gawel

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