images¿Sentimos todos de la misma forma? ¿Por qué a todos no nos gustan las mismas cosas, nos enfadamos en situaciones diferentes o no nos preocupa lo mismo?

A nivel personal, cada individuo es diferente al resto. Nuestra personalidad y nuestra identidad, así como nuestro comportamiento y nuestro carácter se van definiendo en función de cómo en nuestro interior se generan determinadas emociones. A su vez esto hace posible que los diferentes miembros de la sociedad vivamos vidas muy distintas, ya que nuestro cerebro emocional desarrolla un papel fundamental en la toma de decisiones de todo tipo, ya sean de carácter económico, ético, laboral,…

A pesar de que no todos generamos las mismas emociones ante las mismas situaciones, es un hecho que éstas se manifiestan de la misma forma a nivel físico y fisiológico. Las emociones más básicas como la tristeza, la alegría, la ira, el miedo, la sorpresa o el asco, se manifiestan a través de alteraciones en el comportamiento de nuestro cuerpo como la sudoración, las lágrimas, el aumento de la frecuencia cardíaca, etc. Podría parecer que estas reacciones surgen de forma espontánea y casual; no obstante son provocadas con el fin último de responder a los desafíos que nos encontramos en nuestro día a día.

Estas emociones básicas son universales y están enraizadas en nuestros circuitos neuronales, ya sea tanto de forma innata como aprendida, y su función primordial es asegurar la supervivencia del animal; en este caso nosotros mismos.

Cuando recibimos un estímulo de nuestro entorno, nuestra amígdala recibe esta información, y nuestro cerebro contrasta con la información almacenada de experiencias anteriores. En función de si el estímulo supone o no una amenaza, esto activará las neuronas excitadoras o inhibidoras.

Lo que debemos tener en cuenta, ya que es un factor de gran relevancia, es que las emociones pueden generarse porque pueden haber sido aprendidas, evocadas o educadas. Tomar conciencia de esto es un factor clave para poder llevar a cabo nuestro desarrollo personal. Todos conocemos a alguien que después de actuar de una forma poco conveniente ―debido a que ha se ha dejado llevar por un estado emocional de excitación o enfado― ha justificado su actuación con una frase del tipo «es que yo soy así». Tal vez nosotros mismos también la hayamos empleado alguna vez.

A este respecto es importante que diferenciemos entre el temperamento de una persona, el cual tiene un componente genético y no es modificable, y su carácter, que por el contrario se compone en gran medida de unos hábitos aprendidos y educables entre los que se encuentran la manera de relacionarnos con los demás.

Todo aquello que nos emociona, así como la forma en la que nos comportamos ante un evento concreto, queda registrado en nuestra memoria con connotaciones de recompensa o castigo que catalogan la experiencia. En el aprendizaje se almacena por una parte el hecho ―accidente, discusión, despido,…― dándonos información objetiva del tipo, ¿dónde ocurrió? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿…? Pero las alteraciones fisiológicas producidas por nuestro organismo, las cuales se manifiestan en el plano corporal, son archivadas en nuestra memoria emocional. De este modo, si no modificamos ese aprendizaje, cada vez que aparezca el mismo estímulo nuestro cerebro emocional hará emerger la misma emoción que la primera vez que apreció.

Las emociones negativas se disparan en condiciones extremas, y ayudan a poner en marcha una respuesta fisiológica estereotipada que nos hace previsibles. Por otra parte las emociones positivas como la alegría, el amor, la gratitud, la confianza o la euforia, tienen un componente más cognitivo. Bajo su influencia nuestro flujo de pensamientos se vuelve más abierto y creativo, fomentando una actitud proactiva. Nos inducen a vivir nuevas experiencias, relacionarnos con los demás, iniciar proyectos y salir de nuestra zona de confort. Es en esos momentos cuando desarrollamos nuestros recursos personales más valiosos, ya sean éstos de carácter físico, intelectual, psíquico o social.

A pesar de lo que podamos pensar, venimos a la vida dotados del equipaje adecuado. Desde que nacemos, llevamos en nuestra “mochila” sentimientos de miedo y enfado, los cuales nos defienden de las posibles amenazas de nuestro entorno. Pero también mostramos nuestra sonrisa de forma inconsciente, la cual representa nuestro sentimiento de alegría, favoreciendo así la interacción con nuestro entorno social más cercano. Además también sentimos curiosidad por lo que nos rodea, la cual posibilita nuestro aprendizaje, generando nuestra propia representación del mundo conforme lo vamos descubriendo.

La calidad de una vida en el plano personal depende en gran medida del grado de Inteligencia emocional que poseamos. Cuanto mayor sea éste, más fácil nos resultará sentir y expresar nuestras emociones de acuerdo al valor real que las genera; podremos regularlas y gestionarlas, generando sentimientos más constructivos.

 

fuente:http://denkomesa.blogspot.com.es/

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El cerebro emocional: un mismo equipaje para sobrevivir y ser felices

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