21 abril 2020

Hoy mis piernas se han dirigido, sin yo planearlo de forma consciente, hacia el que fue el refugio creativo de mi padre. Es una construcción aparentemente precaria que ha levantado él mismo, con sus manos y que ha resistido, sin embargo, vientos y tormentas…

Una especie de cabaña hecha con trozos de maderas, puertas y ventanas encontradas por allí, a la que llamamos «el chiringuito de papá».

Allí dentro sigue viva la energía creativa de ese hombre daliniano que fue mi padre. Me muevo con cuidado y respeto por ese espacio polvoriento y desordenado, como una niña en busca de tesoros escondidos. Revistas y libros sobre técnicas de collage, de mosaicos, de pintura descansan sobre las improvisadas estanterías hechas de bloques de canto. Una mesa carcomida rebosa de lienzos  sin enmarcar, cajitas con los objetos más dispares y un sobre en el que encuentro dos fotos de carnet mías de cuando tenía 20 y 25 años. ¡Me nacen tantas preguntas! Preguntas que se quedan en el aire porque las respuestas se las ha llevado mi padre consigo…Me quedan los misterios y así decido jugar a imaginar… En un viejo armario destartalado encuentro dos cuadros, uno es un dibujo sobre seda de lo que me parece una vieja sabia japonesa o tibetana; y otra pequeña imagen que me lleva a las viejas escrituras sagradas de la India: un hombre joven pintado de azul. Pido permiso silencioso para llevármelos a mi propio refugio sagrado que es La Casita de Corazón, al otro lado del jardín. ¡Gracias pá!

Y allí están esos móviles hecho con hilo de pescar y pendientes de mi madre que han quedado sin su par, campanitas y colgantes. Recuerdo ese día que fui a verte y me dijiste:»llévatelos».  Lo hago ahora, para colgarlos en mi patio y escuchar el tintineo que emiten al danzar con la brisa. De nuevo, gracias pá.

Me nace una sonrisa. ¡Hasta en tu chiringuito has construido una chimenea! De ti viene mi amor al fuego, al olor de la madera quemando, su crepitar, el baile sinuoso de las llamas ante mis ojos grande, abiertos de niña. En mi infancia, la presencia de ese fuego encendido ha sido una constante, un refugio cautivador, poderoso, cálido y hechizante. Esto me lleva al recuerdo de infancia, a nuestra casa con la gran chimenea de piedra encendida, con la gran campana de cobre abrazando y conduciendo el humo hacia el cielo;  y yo con mis piecitos apoyados, recibiendo el calor. Y tú sacando unas patatas de las cenizas para comerlas con queso o mantequilla…y el olor de la piel de las mandarinas quemando en el fuego…inhalo y me huele a Navidades, a vacaciones, a hogar.

Me abro a recibir estos recuerdos como regalos intangibles, que son capaces de llenar mi corazón de gratitud y de gozo.

¡Cuántos misterios, cuanta magia! Se desvanece la línea del tiempo que separa pasado y presente y todo se torna vivo, brillante, colorido y una vez más, así de fácil, estás conmigo.

 

Gracias pá…

Arianna

Descubriendo tesoros

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *