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Resulta sorprendente acompañar el desarrollo natural de la inteligencia transpersonal en los niños. Antes de la salida del “jardín del edén” de la infancia, la conexión del niño con el fluir de la vida, de emociones y con la sagrada espiritualidad del presente es más que evidente. Tanto más para el educador que a su vez ha reeducado su mirada para ver el hondo pozo de sabiduría que muestra el niño, en lugar de un conjunto de deficiencias, ignorancia e incapacidades a corregir.

La semilla de la inteligencia transpersonal está presente en el ser humano desde el momento del nacimiento, ya que es en definitiva la semilla de conciencia de la que parte todo nuestro desarrollo embrionario, nuestra más pura esencia que contiene la arquitectura que acaba conformando nuestra forma de ser.

La labor de cultivo de la inteligencia transpersonal es por tanto una labor de co-descubrimiento de lo que ya está presente, regado por la luz de la atención y la toma de conciencia.

Seguramente los niños de todas las épocas nos preguntamos en su día cuestiones tan trascendentes como: “Dónde estaba yo antes de estar en la tripa de mamá?” Preguntas que incomodaban seriamente a aquellos padres que probablemente no habían dedicado suficiente tiempo a indagar en estas preguntas más propias de sabio filósofo, y que acababan siendo respondidas recurriendo a mitos, simplificaciones o mentiras destinadas a cortar cuanto antes la conversación y aniquilar la capacidad de investigación en el ser.

Cuando respondemos a los niños “antes de estar en la tripa de mamá eras todo, el universo” o “el lugar de donde venimos antes de nacer es el mismo al que iremos al morir”, sentimos que por un momento su anhelo de conocimiento se serena, y reposa en algo que parecen reconocer a un nivel muy profundo. No se extrañan de estas respuestas, todo lo contrario. Y sin embargo, pueden volver a preguntar lo mismo una y otra vez… Necesitamos recordar lo esencial una y otra vez para volver al ser. Algo mágico también puede ocurrir cuando les devolvemos honestamente la pregunta “¿tú qué crees, dónde estabas antes de estar en la tripa de mamá?”

Un juego de preguntas y respuestas que recuerda mucho a aquel famoso koan zen que preguntaba: ¿Cuál era tu rostro antes de nacer?, y a la tradicional investigación en el ser del atma vichara. Si la capacidad de abstracción lógica y matemática parece que no se desarrolla plenamente hasta la adolescencia, sin embargo nacemos dotados con la capacidad de abstracción trascendental que caracteriza la inteligencia transpersonal, nuestra capacidad para indagar en la identidad esencial o profunda, en las conexiones con el universo, y el desarrollo de la capacidad de tomar consciencia.

Los juegos de mindfulness para niños contribuyen a cultivar la inteligencia transpersonal, a pesar de que esto no se nombre explícitamente, al hacer consciente a los niños de ese espacio de pura observación en el que pueden anclarse. Algunas autoras como Amy Saltzman lo llaman “alcanzar el lugar tranquilo y pausado” desde el que observar el mundo; un mundo que también incluye su propia interioridad emocional.

A través de la Educación Mindfulness, los niños alcanzan la comprensión gratificante de que ellos no son lo que observan, ganando una distancia de seguridad que es signo de inteligencia transpersonal. Cuando comprenden que ellos “no son” sus emociones, pueden observarlas pasar por su cuerpo: cálidas, frías, más o menos inquietantes… Todas ellas acaban transitando. El niño se da va dando cuenta de que él es aquello que se queda tranquilo, observando el proceso desde una serenidad que cada vez va permeando más y más todo el recorrido de la emoción desde sus primeras señales.Clica aquí si quieres profundizar en las claves Mindfulness para el desarrollo emocional de los niños

¿Cómo cultivar esta observación neutra cuando el niño está viviendo un desbordamiento emocional, como en el caso de las a veces frecuentes pataletas?

En momentos como este, el niño o niña está confundido, y tiende a estar plenamente identificad@ con la emoción. Si negamos, rechazamos o tratamos de cortar la reacción emocional, el niño siente invalidado su propia identidad, por lo que el efecto acaba siendo el contrario al buscado. Desde esta perspectiva, el niño aprende que la reacción emocional no es válida, y acaba reprimiéndola y rechazándola, invalidándose a sí mismo, y sintiendo que algo funciona mal en él.

Cultivamos la inteligencia transpersonal de los niños en estas situaciones emocionalmente críticas prestándoles nuestra presencia incondicional. Ellos pueden estar confundidos en ese momento, y seguramente no sean capaces de hacer otra cosa. Sin embargo, nosotros como observadores, tenemos el a menudo difícil cometido de no olvidar quienes son, de no dejarnos atrapar por la ilusión de la identificación con su reacción emocional. Recordamos que, en ningún caso, ellos son “malos” por sentir lo que sienten. Pueden llorar y patalear todo lo que quieran, ya que no hacen mal a nadie con ello. Nuestra paciencia atenta, compasiva y neutra llama al despertar de su templanza. Intervenimos activamente en el caso de que produzcan algún daño a objetos o personas, incluidos ellos mismos. Una intervención responsable y diligente que corta la acción con firmeza, pero sin comunicar una agresividad que suele sumarse a la espiral violenta y de frustración.

Nuestro objetivo no es anular la molesta conducta de lloro y pataleo, sino recordarles que ellos no son esto que ahora están expresando, y mostrarles con nuestro vivo ejemplo cómo pueden observarse con neutralidad y compasión, incluso en los momentos más difíciles. Les prestamos así nuestra mirada atestiguadora y nuestra presencia.

Cuando la tormenta emocional arrecia, el niño se siente algo enajenado de sí mismo, no comprende bien lo que le ha pasado. Se siente desorientado y, en ese momento, tan solo necesita sentir la aceptación incondicional del educador. Una mirada, un gesto cariñoso y reconciliador, un abrazo…, son entonces bien acogidos. Desde ahí puede darse una comprensión más clarividente de lo que ha sucedido, ya que de lo contrario nos encontramos con el habitual juego racional de excusa y culpabilización que tanto obstaculiza cualquier aprendizaje significativo.

El cultivo de la inteligencia transpersonal, como vemos, nos lleva una y otra vez al núcleo de nuestro ser, a una visión clara y compasiva que sentimos en el corazón; un centro desde el que el niño aprende a moverse y a tomar las decisiones importantes de su vida, en conexión con una inteligencia que le trasciende, al tiempo que le sintoniza con algo más grande.

Articulo de:José Miguel Sánchez Camara Psicólogo, Tutor de la Escuela y Educador Mindfulness

 

Fuente:http://blog.escuelatranspersonal.com/

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¿Cómo pueden los niños cultivar su Inteligencia Transpersonal?

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